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Cogito Ergo Sum

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Un robot con ciudadanía

DOBLE FILO

Cogito Ergo Sum


Por: Héctor Castañeda







Un robot con ciudadanía

No sé usted, querido lector, pero de entre todas las cosas que dan miedo de este mundo, quizá la idea de que la inteligencia artificial nos rebase al punto de prescindir completamente de nosotros es una de las que más nervioso puede poner a cualquiera.

Ya la humanidad tuvo un efímero y pequeño susto hace unos meses cuando las inteligencias artificiales de Facebook (bots) comenzaron a interactuar entre sí en un lenguaje indescifrable para el ser humano.

Cuando los científicos encontraron patrones en la manera en cómo se comunicaban estos robots, Facebook decidió apagarlos. Las redes sociales entonces entraron en pánico, las célebres palabras de Elon Musk amenazaban con volverse realidad: “cuando queramos actuar de forma reactiva para regular la inteligencia artificial, será demasiado tarde”. Independientemente de lo seguro que en teoría estamos con ese acontecimiento, lo cierto es que la manera en cómo avanza la inteligencia artificial da que pensar.

Aclaro una cosa: no soy, ni de lejos ningún experto en inteligencia artificial. Esta opinión corresponde a un ser humano común y corriente y puede que esté equivocado.

Recientemente, el robot Sophia, creado por Hanson Electronics, fue reconocido con la ciudadanía en Arabia Saudita. Se trata del primer robot con ciudadanía similar a la humana.

Es capaz de reconocer caras a través de las cámaras en sus ojos y así reaccionar al comportamiento de otros. El Dr. David Hanson diseñó a este robot con tres características principales: la creatividad, la empatía y la compasión. Es decir, se trata de un robot sensible.

De esto podría desprenderse, sin problemas, un interminable debate filosófico sobre las limitaciones e implicaciones de ser humano. El que se le dé una ciudadanía a una máquina pone implícito el discurso de que es un humano, se le reconoce como tal, y por ende, está sujeto a una serie de derechos y obligaciones legales.

A ese punto regresaré en breve.

Pareciera una especie de mala broma, una ironía cruel, que este robot femenino tenga más derechos que las mujeres en las que está basada su apariencia. Pese a ser reconocida como ciudadana en un país gobernado por la Ley Sharia (por ejemplo, no se permite a las mujeres hablar con hombres con los que no estén directamente relacionados, no pueden salir de casa si no es con su “protector”, es decir un hombre que sirva de guardián), Sophie tiene más derechos aún que una mujer de carne y hueso. Simplemente, menos del 30% de las saudíes tiene un trabajo y siempre que las lleven y las traiga su guardián y su padre o su marido lo permita. Sophie no usa hijab ni burka, pese a que la Ley Sharia bajo la que está Arabia Saudita es muy estricta con esta medida.

Pareciera que este robot está por encima incluso de las mujeres en este país musulmán.

Ahora, la parte que me preocupa de fondo (a lo mejor sonará ingenuo y paranoico) es la manera en cómo está avanzando la tecnología.

La ciencia-ficción, pese a su cualidad expresamente ficticia, parte muchas de sus premisas de sencillos razonamientos lógicos. Yo Robot, la trilogía de Matrix y hasta Wall-E son algunas de las películas que exponen los riesgos de dejar que avance a tal punto la inteligencia artificial.

Cuando una máquina se vuelva consciente de su propia existencia, la conclusión a la que llegará es que, para salvar a la humanidad, irremediablemente tendrá que salvarla de si misma en beneficio de un bien mayor.

Nuevamente, puede que esté equivocado, por algo la ciencia ficción es ficción.

Pero la sola duda da miedo.

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